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Escrito 3


Cristian Andrés Quintero Sarmiento.
Universidad de La Sabana.
Comunicación social y periodismo.
12/02/2018
     “Este día llegaré temprano”, decía en mi cabeza, el despertador no paraba de sonar y mis pensamientos que siempre me dirigían a mi zona de confort estaban presentes. Mi pereza y yo somos enemigos desde el momento que conocí el colegio, lo raro es que nos la llevamos muy bien, gracias a él, no hago cosas productivas en mi vida, como hacer trabajos, salir a jugar básquetbol o, si tengo suerte, encontrar el amor de mis sueños. Lo curioso de aquella mañana, 8 de febrero del 2018, es que levantarme a las 5 am es algo catastrófico, pero algo dentro de mí me obligaba salir de la cama. Recuerdo que la noche anterior había visto un video de mi ídolo, Conor Mcgregor, y decía en una entrevista que la clave del éxito es: “do something different for your life, your succes and the results will give you something  extraordinary for your road,” lo que traduce es, “has algo diferente para tu vida, tu éxito y los resultados te darán algo extraordinario para tu camino”.

     Recuerdo que las primeras 2 clases no llegué temprano y en aquellas ocasiones trataba de inventarme una historia extraña o algo que me permitiera quitarme la falla, pero esta vez era distinto. Realmente, no soy una persona perezosa, pues, en mi juventud, era deportista de alto rendimiento y debía entrenar dos jornadas por día. Por la mañana los entrenamientos eran de 5 a 7 am y por la tarde eran de 5 a 8 pm, todos los días, menos los domingos. Pero desde mi llegada a la universidad decidí bajar mi ritmo de entrenamiento, lo cual me ha llevado a un estado impresionante de pereza. Esta mañana era distinta, muchos pueden creer que es algo tonto, luchar contra la pereza cuando uno puede dormir 5 minutos más y teniendo en cuenta que vivo, relativamente, cerca de la universidad y con clase de 8.
     Mi percepción de la vida es distinta a la de los demás, y lo puedo plasmar en una escena épica de una de mis películas favoritas, Batman inicia de Christopher Nolan. La cual menciona “lo que nos define no son nuestros sentimientos o lo que llevamos por dentro, sino nuestras acciones”. Por lo tanto, esa mañana quise aplicar ambas frases, la de Conor y la de la película, decidí bañarme con agua fría a las 5 de la mañana como castigo a mi pereza. Leí el periódico y me dispuse a salir a las 6:50 am, con la esperanza de que la Atenas Suramericana no tuviera congestión vehicular o que el tráfico estuviera pesado o, para mi infortunio, una situación adversa que me llevara a mi retraso.

     El frío era inevitable, no solo porque me bañé con agua fría, sino por la temperatura mañanera que, normalmente, oscila entre los 10 a 15 grados centígrados. Con mis musculosos tensionados y mi mente con el objetivo claro, no me importaba cuál fuese la situación que se interpusiera. En aquel momento vinieron a mi mente recuerdos de nostalgia, donde una situación similar pasaba en los entrenamientos de la madrugada. La piscina a las 5 de la mañana, en algunos días, estaba cubierta por una cortina de humo, a lo que cualquier individuo pensaría “que agua tan calientita”, pero no. Resulta que la temperatura exterior era mayor a la temperatura del agua, el cual hacía que el agua se evaporara. Sin embargo, luchaba por mi objetivo de ese entonces, el cual era llegar a ser uno de los mejores nadadores de Colombia. Con los músculos entumidos, mis ganas de seguir durmiendo y no pasar por la tortura de machacarme, tanto física como mentalmente,  decidía luchar por mis metas. Esa madrugada helada era el momento perfecto para volver a los viejos tiempos.
     Una vez pasé la avenida Boyacá  mi infortunio se encargado de que todo estuviera en mi contra. Lo desastroso fue ver cómo los buses que dicen “Zipa” pasan en frente de mí y ninguno de ellos me paró, realmente, fueron 3 buses que ignoraron mi presencia. El primero iba repleto y no quería exponer mi seguridad, el segundo ignoro completamente mi existencia, levanté la mano para llamar su atención, pero el bus no se detuvo, lo curioso fue que en la esquina sí paró y recogió a muchas personas. El último, lastimosamente, no paraba hasta el terminal y por lo tanto no se detendría a recoger a un estudiante de la universidad de La Sabana.
     Lo que parecía la hora perfecta para salir a obtener transporte, y llegar temprano a mi clase, se transformó en una serie de pequeños obstáculos que no me dejarían cumplir mi objetivo del día. Miraba el reloj y los minutos pasaban. En un abrir y cerrar de ojos las 6:57 se convirtieron en las 7:17, ¡rayos y centellas!, llevo esperando 20 minutos el mismo transporte; sin embargo, preferí llevar la situación con demasiada calma y no caer en la angustia universitaria. En mi cabeza pensaba en aquella canción de Vicentico que en algunas ocasiones me calma. Mis pensamientos en ese momento eran: “los caminos de la vida no son lo que yo esperaba, no son lo que yo creía, no son lo que imaginaba. Los caminos de la vida, son muy difícil de andarlos, difícil de encaminarlos y no encuentro la salida…”. Algo no cuadraba, aquella canción no me inspiraba tranquilidad, lo contrario, me daban ganas de llorar y caer en una crisis existencial. En respuesta a la melancolía, la pequeña angustia de llegar tarde y los esfuerzos aparentemente inútiles, decidí cambiar la canción de la rockola de mis pensamientos. La canción que sonaba es un cover de Celia Cruz de la famosa canción “I will survive” de Gloria Gaynor. Sus letras inyectaban esperanza y emoción a mi desastrosa mañana, cuya letra dice: “oye mi son, mi viejo son, tiene la clave de cualquier generación. En el alma de mi gente, en el cuero del tambor, en las manos del conguero, en los pies del bailador, ¡yo viviré!..”
     A las 7:23 logré entrar en un bus que me llevara a la universidad. La travesía por la autopista fue una serie de nervios y expectativas de tiempo totalmente irreales. Lo sorprendente es que la suerte me empezó a sonreír, había llegado a la escuela de ingenieros a las 7:32, estaba con la ilusión de llegar justo a tiempo. En mi cabeza, el coro de la canción de Celia, “rompiendo barreras, voy sobreviviendo. Cruzando fronteras voy sobreviviendo” y era como si tuviera telequinesis, debido a que los carros que estaban en frente del bus se apartaran. Llegué al peaje a eso de las 7:57, probablemente, no sea el primero de la clase, pero si llegaré temprano. En el momento que arribamos la universidad, inmediatamente, salí corriendo. Eran las 8:02, las posibilidades de llegar tarde a clase antes de que Cobos llame lista eran mínimas.
     Finalmente, mi travesía había llegado a su fin, llegué al salón y el profesor Cobos estaba llamando lista, y en esas, estaba llamando a aquellos que inician su apellido con P. Al instante de dejar mi maleta sobre el escritorio y escuché un grito de Cobos diciendo “Cristian Quintero”.

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